UN SUEÑO EN PIE CUANDO TODO SE DERRUMBA

Lo que debe ser, llega siempre a su destino

El famoso dicho popular “el hombre propone y Dios dispone” puede aplicarse a la historia que voy a contar. La historia de un camino que se fue armando sobre la marcha, aunque al final parece haber sido guiado por una conciencia superior, si es que existe.

Sin la mínima certeza de cómo podrían sucederse los acontecimientos, un día tuve la oportunidad de viajar a Argentina para acompañar a uno de los compositores más populares de la música folklórica del país, Cuti Carabajal. 

A través de una amiga suya, Lili, que decidió vivir en Valencia, llegué a contactar con quien fuera uno de los grandes referentes de la canción popular. 

Para que se entienda, yo solía consumir su música en casetes que compraba en las disquerías de la avenida Corrientes, en Buenos Aires, allá por los años 80 y 90, siempre pendiente de que saliera un nuevo material. 

Viviendo en Buenos Aires, y bajo la presión de mis estudios y del trabajo para pagar una hipoteca, mis aspiraciones musicales se iban diluyendo entre otros compromisos asumidos desde muy joven, como formar una familia.

La prioridad fue dejando atrás un sueño de ser cantante y compositora, porque había otros asuntos que atender, incompatibles en aquel momento con mis anhelos artísticos.

Llegó el momento de emigrar a Valencia en 2002, y todo cambió por completo. La vida me volvió a poner en el camino de lo artístico, casi por necesidad (o con la necesidad como excusa). 

Traje conmigo mi primer disco de folklore argentino y comencé a ganarme un espacio en el circuito cultural de la ciudad, buscando ver la luz al final del túnel. 

Una luz que se hizo más visible en 2019, cuando decidí viajar a la provincia de Santiago del Estero para conocer a Cuti. 

Muy poco acostumbrada al trajín del artista popular —más adaptado a trasnochar que el Tatú Carreta—, lo acompañé a distintos eventos y festivales folklóricos. Me presentaba algo así como su ahijada artística.  

Todas las mañanas coincidíamos en el desayuno, bien temprano. Un día, revisando unas letras mías que le había enviado, Cuti les puso música en ritmo de milonga. Así nació nuestra primera canción, “Certeza”, que me traje a Valencia sabiendo que sería la semilla de un proyecto que empezaría a germinar con los años. 

A partir de 2021, le propuse retomar la composición, sin ninguna expectativa, y aceptó. 

Para 2024 ya habíamos creado nueve canciones en distintos ritmos folklóricos: zambas, chacareras, vals, milonga, litoraleña y una especial en ritmo de rumba. 

Ese mismo año, Cuti viajó a España invitado por la productora de la película “La estrella azul”, del director zaragozano Javier Macipe, en la que participó como coprotagonista.

Las piezas empezaban a encajar de manera casi mágica. No podía pasar nada mejor: tener la oportunidad de que viniera a Valencia a cantar y a grabar nuestras canciones. 

También fue fundamental la participación de un productor musical capaz de comprender el disco que teníamos en mente. 

Sergio Bognanno, músico de la provincia de Córdoba (Argentina), que había llegado a Valencia unos años antes, aceptó el desafío de transformar aquellas canciones creadas a la distancia en un material discográfico 

Mientras Cuti cumplía sus compromisos artísticos en España, me comunicó que llegaría a Valencia a finales de octubre de 2024. 

Con Sergio planificamos cada detalle: las tonalidades, las pistas base, mi voz de referencia. Todo estaba listo para que Cuti lo pusiera todo en marcha.

El martes 29 de octubre, Cuti y sus acompañantes viajaban desde Almería hacia Madrid para luego hacer trasbordo a Valencia. 

Alrededor de las 18 horas, se desató la peor tormenta e inundación en años sobre los poblados del sur de Valencia, superando incluso la riada de 1957.

Aquel día fatídico, en el que murieron 238 personas, se vivieron horas de terror y devastación en toda la región, arrasando también mi esperanza de grabar aquellas canciones que habían esperado años. 

Canciones que se fueron macerando y corrigiendo en intercambios de mensajes de WhatsApp. Todo aquello que había esperado tanto tiempo y que por fin iba a realizarse, se desplomó en cuestión de horas.

Me preguntaba cómo la vida podía haberme regalado esa ilusión —alimentando la única posibilidad de grabar— para luego arrebatármela como quien le quita un juguete a un niño.  

¿Por qué no planificó su viaje otro día? ¿Por qué justo esa misma tarde? 

Tantas preguntas, tanta tristeza, tanta impotencia. Todo eso unido a la desgracia de miles de personas que lo estaban perdiendo todo a pocos kilómetros de casa. 

Me abstraje durante varias horas. No quise hablar con nadie. Me senté a llorar y a pensar que tenía que haber una salida. No podía ser que todo terminara así.

Cuti esperó en Madrid buscando alguna forma de llegar a Valencia. Milagrosamente, un autobús salía al día siguiente hacia Gandía, a unos 40 km. 

Pero aunque llegaran y estuvieran cerca, la zona estaba completamente colapsada: carreteras cortadas, accesos bloqueados. El desastre de la Dana era descomunal. El país entero estaba consternado, atrapado entre la desesperación, la falta de previsión y la ausencia de respuestas inmediatas. 

Por alguna razón —tal vez el poder del dolor de mis oraciones—, ese mismo autobús hizo un trasbordo inesperado y lograron llegar a Valencia en otro vehículo. 

En medio del horror, de la desesperación y de una tragedia difícil de dimensionar, Cuti llegó al día siguiente tras un viaje de casi diez horas para recorrer apenas 350 kilómetros desde Madrid.

La espera en la estación fue una agonía. Pero finalmente llegaron: cansados, con el alma rota y una tristeza profunda en la mirada. Porque si algo no imaginaron nunca fue ser parte de una desgracia que daría la vuelta al mundo. 

No sé por qué todo tuvo que ser así. Aún no le encuentro explicación. 

Este disco se creó a la distancia y se grabó en condiciones profundamente adversas. 

Y quizá de eso se trate.

De entender que no todo depende de un orden lógico, que hay procesos que se sostienen en lo invisible, en lo que no se puede planificar ni controlar. 

Ese disco no nació en un estudio: nació en el tiempo, en la espera, en los encuentros improbables, en la distancia y también en el dolor. 

Fue tomando forma entre ciudades, entre mensajes, entre silencios. Y terminó de existir en medio de una realidad que nos superó a todos. 

Hoy, cuando lo escucho, ya no pienso en lo que “casi no fue”. 

Pienso en todo lo que sí ocurrió. En la fuerza que lo empujó a existir a pesar de todo. En los corazones que lo sostuvieron. En la vida abriéndose paso incluso en medio de la devastación. 

Tal vez no era solo grabar un disco. Tal vez era atravesar todo lo que hubo que atravesar para poder contarlo.

Y ahora sí, dejarlo sonar. “Huella abierta

 

 

 

 

 

 

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