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EN MIS HIJOS – Canción #4
Memorias de una madre en construcción
Si hay un territorio donde la incertidumbre se vuelve absoluta, es cuando nos convertimos en madres y padres. Nadie sabe realmente cómo serlo, y la verdad es que aprendemos sobre la marcha.
Intentamos hacerlo mejor que quienes nos precedieron, corregir aquello que nos hizo daño, conservar aquello que nos hizo bien. Pero incluso cuando ponemos todo nuestro amor en ello, seguimos siendo personas imperfectas educando a otras personas imperfectas.
Así es que criamos desde el contraste con nuestra propia infancia.
Quienes crecimos en épocas donde el diálogo no era un hábito sino una excepción, donde los sentimientos rara vez encontraban espacio para expresarse, intentamos ofrecer algo diferente a nuestros hijos, sabiendo que esta época favorece a un mejor intercambio generacional.
Sin embargo, no siempre sabemos cómo hacerlo porque llevamos dentro nuestras propias heridas, nuestros miedos y nuestras limitaciones.
Nosotros llegamos a Valencia en tiempos muy distintos a los actuales. No existían las redes de apoyo que hoy aparecen tan accesibles.
No había información inmediata ni recursos al alcance de un clic. Muchas veces avanzábamos a ciegas, resolviendo problemas sobre el terreno e intentando construir un hogar mientras aprendíamos a vivir en una tierra nueva.
La vida no tardó en ponernos a prueba. A la distancia sufrimos la muerte de mi madre y mi hermano y otras heridas familiares que dejaron enormes vacíos, preguntas y silencios.
Más tarde llegaron otras tormentas: el divorcio, las limitaciones económicas. Y en medio de todo eso, estaban los hijos esperando atención cuando apenas quedaban fuerzas.
Necesitando escucha cuando la cabeza estaba ocupada en resolver urgencias. Pidiendo presencia cuando asuntos de aparente mayor importancia ocupaban cada minuto del día.
Si algo aprendí con los años es que el amor no siempre sabe expresarse de la manera que quisiéramos. A veces el amor se convierte en trabajo, en sacrificio, en noches sin dormir, en preocupaciones escondidas.
No sé si hice todo bien. De hecho, sé que no.
No sé si fui el ejemplo que necesitaban en cada momento. No sé si tuve la paciencia suficiente, la capacidad de escuchar o la disponibilidad emocional que merecían.
Sé que hubo días en que mis preocupaciones ocuparon demasiado espacio y no supe hacerles el lugar que necesitaban.
Lo único que me consuela es que, pese a mis limitaciones, al miedo y a la culpa siempre presentes, el amor fue lo que nos sostuvo.
Un amor imperfecto, humano, cansado algunas veces, confundido otras, pero profundamente verdadero.
Cuando escribo: “Veo en los ojos de mis hijos la razón de mi alegría” afirmo que ellos han sido siempre la brújula que orientó mi camino.
Esta canción habla de la comprensión y la aceptación de que uno no será eterno. Que llegará una última estación. Que un día seremos recuerdo, fotografía, canción o historia contada en una sobremesa.
Sin embargo, también habla de permanencia.
Porque seguimos viviendo en los gestos que heredamos y transmitimos, en las palabras que dejamos sembradas, en las enseñanzas conscientes e inconscientes que pasan de una generación a otra.
“En mis hijos estaré volviendo cuando rían, cuando lloren, cuando canten.”
Si mi canción pudiera convertirse en una carta, les diría que perdonen mis errores. Que comprendan que fui aprendiendo mientras caminaba. Que muchas veces no tuve respuestas porque yo también estaba buscándolas.
Y sobre todo, que nunca duden de cuánto los amo.
Porque el amor sobrevive al tiempo, a las pérdidas, a las distancias y a las equivocaciones.
Es el amor que permanece cuando todo cambia. El que sigue cantando cuando todo lo demás se desvanece.