DIARIO DE VIAJE 30 Avila (1)

DIARIO DE VIAJE 30

Ávila, descubriendo la ciudad de las murallas

Hace varios años, con mis hijos adolescentes, decidimos recorrer algunas ciudades castellanas y empezamos por visitar Ávila. 

No pretendíamos convertirnos en expertos en la historia de la ciudad; queríamos vivirla y caminarla. Y Ávila nos sorprendió desde el principio. 

Las murallas son, naturalmente, las grandes protagonistas. Rodean el casco histórico con una presencia imponente.

La muralla de Ávila tiene 2.516 metros de longitud, unos tres metros de grosor medio y una altura media de 12 metros. Cuenta con 88 torreones y nueve puertas. Su construcción comenzó en el año 1090 y se terminó, según la tradición, apenas nueve años después.  

Es una de las murallas medievales mejor conservadas de Europa y constituye uno de los principales valores por los que la ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad.  

Sus torres y sus puertas, construidas como parte del sistema defensivo medieval, explican mucho de la importancia que tuvo Ávila durante siglos. 

Por la noche, la muralla iluminada fue, sin duda, una de las imágenes que más nos gustaron. La iluminación transforma completamente su aspecto, adquiriendo una atmósfera casi mágica. 

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No nos limitamos a caminar por el interior de la ciudad. También paseamos por sus alrededores, bordeando el río y acercándonos a pequeños cursos de agua y arroyos de la zona. 

En alguno de esos puntos panorámicos encontramos además una imagen que nos llamó especialmente la atención: las cigüeñas anidando en edificios y torres. Allí estaban, formando parte del paisaje de una ciudad medieval que sigue teniendo vida más allá de sus monumentos, donde la historia y la naturaleza comparten el mismo espacio. 

Entre todo lo que visitamos, la Catedral de El Salvador ocupa un lugar especial.

Se comenzó a construir hacia 1170 y las obras se prolongaron durante más de tres siglos. Su aspecto y estilo, sobrio y guerrero, de transición del románico al gótico, da paso en su interior al estilo gótico, mucho más ligero.  

La plaza de la Catedral está llena de antiguos palacios: el de Valderrábanos, del siglo XV, con portada gótica y torre, que hoy es hotel; el de los Velada, también convertido en alojamiento; y el antiguo palacio episcopal, que ahora alberga la Biblioteca Pública. 

La Basílica de San Vicente, para muchos la iglesia románica más bonita de Ávila, nos dejó impresionados. Es uno de los grandes ejemplos del románico abulense y su construcción comenzó hacia 1120-1130, prolongándose durante buena parte del siglo XII. 

Y si hay una persona que está inseparablemente unida a Ávila, esa es Santa Teresa de Jesús.

 

El convento de la Santa se levanta sobre la casa donde nació Teresa de Cepeda y Ahumada en 1515. Las obras de la iglesia comenzaron en 1629 y fue inaugurada en 1636. El conjunto conserva la memoria del lugar de nacimiento de Teresa y espacios relacionados con su vida.  

Junto al presbiterio se encuentra uno de los espacios más relevantes de esta iglesia, la llamada capilla del nacimiento, con una imagen de la santa. Adosada a esta capilla se encuentra la llamada habitación de Teresa, una recreación de la habitación de Teresa de Jesús.  

También descubrimos la Plaza del Mercado Chico, que cobija pequeños comercios, bares y restaurantes. 

Allí pudimos disfrutar de la típica gastronomía abulense, con sus judías de El Barco de Ávila, patatas revolconas, ternera de raza Avileña-Negra Ibérica… Y, de postre, las yemas de Santa Teresa y las torrijas. 

Ávila nos dejó la sensación de haber descubierto una ciudad extraordinaria. Fue un primer contacto. Un viaje para caminar, mirar y dejarse sorprender por un pasado que todavía pervive puertas adentro de su gran muralla-fortaleza.

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