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DIARIO DE VIAJE 28
Aínsa y el eco medieval de Aragón
Recientemente tuve la oportunidad de recorrer las tierras del norte de Aragón, perdiéndome entre las murallas del Castillo de Loarre y paseando por las calles empedradas de la villa medieval de Aínsa.
En este entorno austero y monumental se fraguó un reino.
Situada estratégicamente en la confluencia de los ríos Cinca y Ara, sobre un promontorio a 589 metros de altitud, Aínsa se convirtió en un cruce clave de caminos en este sector pirenaico.
Para entender este fenómeno hay que retroceder en el tiempo hasta el siglo XI, momento en que el antiguo Condado de Aragón comenzó a transformarse en reino bajo figuras fundamentales como Ramiro I y Sancho Ramírez.
En aquellos tiempos de frontera, la monarquía era itinerante y el poder se articulaba a través de enclave estratégicos: Jaca, que emergió como la primera gran capital política y episcopal; Loarre, como baluarte defensivo de vanguardia frente a los territorios musulmanes; San Juan de la Peña, como panteón real y corazón espiritual; y el territorio del Sobrarbe, con Aínsa como bastión defensivo y clave para el control de la montaña.
Recorrer Aínsa es imaginar el engranaje ancestral entre la villa fortificada y las aldeas de los valles.
Aunque hoy paseamos admirando las majestuosas casas señoriales de las calles Mayor y Santa Cruz —edificadas en su mayoría entre los siglos XVI y XVIII—, los orígenes de esta villa se hunden en la Edad Media.
Con el paso de los siglos y la consolidación de sus privilegios reales, Aínsa se convirtió en un auténtico imán económico.
Llegó a ser el centro comercial del Sobrarbe, donde convergían artesanos, comerciantes de ganado, vino, sal, lana y madera, junto con clérigos y notarios que gestionaban la vida institucional de la comarca.
En los alrededores, la ganadería de ovejas y vacas marcaba el ritmo de la vida cotidiana.
Los pastores practicaban la trashumancia: en verano subían los rebaños
a los pastos altos de los Pirineos y en invierno descendían hacia tierras más cálidas. Aínsa era el punto de paso y control obligado para el comercio regional.
Por su parte, los caseríos colindantes cultivaban cereal, olivo y viñedo en un entorno de subsistencia, acudiendo a la villa para intercambiar sus productos.
Siempre me produce una enorme curiosidad imaginar la vida cotidiana de la época: ponerme en la piel de una aldeana caminando por estas calles, saludando a los vecinos y realizando sus tareas cotidianas.
La vida en el Aragón medieval estaba marcada por la dureza del clima, una fe omnipresente y la permanente incertidumbre de la frontera, lindante a territorios musulmanes.
Actualmente, esta villa mantiene vivo su legado a través de tres grandes tradiciones:
La Morisma:
Cada dos años (en años pares), la Plaza Mayor se transforma en el escenario que recrea la célebre leyenda de la batalla del año 724. Más de 400 vecinos vestidos de época representan la victoria cristiana frente a las tropas musulmanas, guiados por la mítica aparición de una cruz de fuego sobre una carrasca (símbolo clave del escudo de Aragón).
La Ferieta:
Una tradición de origen medieval que rememora la concesión de privilegios de mercado a la villa. Se celebra en febrero y reúne productos artesanales, ganado y el ambiente de los antiguos mercados reales.
Fiestas de la Santa Cruz:
En septiembre tienen lugar las fiestas patronales, que conservan costumbres centenarias como la Carrera de las Cucharas (una de las pruebas pedestres más antiguas de Aragón) y bailes folclóricos tradicionales.
En 1931, la iglesia parroquial y el castillo fueron declarados Monumento Nacional, y en 1965 todo el Casco Antiguo de Aínsa fue declarado Conjunto Histórico-Artístico.
Una acertada restauración posterior devolvió todo el esplendor a esta villa pirenaica.
Pasear hoy por el casco histórico de Aínsa, con su plaza porticada y la torre de su colegiata dominando el horizonte, o recorrer los muros románicos de Loarre, es conectar con las raíces medievales que ayudaron a moldear la historia de la España que hoy conocemos.