DIARIO DE VIAJE 33

Andorra: naturaleza, historia y recuerdos

Viajar con mis hijos es, sin duda, uno de mis planes favoritos. Andorra era nuestra meta en 2018. Teníamos ganas de vivir un verano diferente en las montañas. 

Elegimos este pequeño punto en el mapa, situado entre España y Francia: apenas 468 km² y algo más de 76.000 habitantes en aquel momento. Un país, exactamente un Principado, diminuto en extensión, pero enorme en paisajes, montañas, valles y rincones por descubrir. 

Buscamos alojamiento en Soldeu, uno de los principales núcleos turísticos. Frente a nosotros se levantaba una estación de esquí y, alrededor, la montaña cubierta de bosques de pinos. Nuestro balcón se convirtió en un lugar privilegiado desde donde contemplar cómo los primeros rayos de la mañana comenzaban lentamente a calentar el ambiente. 

Salimos a caminar por el pueblo y, al entrar en una pequeña tienda de alimentos, descubrimos un paquete de yerba mate. Nos hizo sonreír encontrar allí un producto tan ligado a nuestra identidad de argentinos. 

Nuestra primera gran visita fue Andorra la Vella, la capital. La encontramos llena de movimiento, con su centro comercial y sus calles peatonales transitadas por locales y turistas como nosotros. 

Pero detrás de esa Andorra moderna aparecía otra mucho más antigua: el Barri Antic, con sus calles estrechas y casas tradicionales; la Casa de la Vall, edificio histórico que fue sede del Consell General durante siglos; y la iglesia de Sant Esteve, una de las referencias del patrimonio arquitectónico de la capital. 

También nos llamó la atención la convivencia entre la arquitectura tradicional de piedra y las construcciones más modernas, los balcones llenos de flores, los hoteles y las casas de montaña con sus tejados típicos.  

Salvando las distancias, me recordó mucho a San Carlos de Bariloche, en la Patagonia argentina, una ciudad que visité tres veces cuando era muy joven. 

Encamp fue otro de los lugares que nos permitió descubrir la arquitectura tradicional andorrana. 

Uno de los lugares más emblemáticos es Meritxell, donde se encuentra el santuario dedicado a la patrona de Andorra. El antiguo santuario, de origen medieval, quedó destruido por un incendio en 1972 y el nuevo edificio fue inaugurado en 1976. 

En nuestros recorridos por carretera no pudimos evitar detener el coche para adentrarnos en tres pequeñas reliquias religiosas que aparecían junto al camino. 

La pequeña iglesia de Sant Miquel de Prats, un magnífico ejemplo del románico rural andorrano, con sus gruesos muros de piedra. 

La iglesia de Sant Joan de Caselles, cuyo origen se remonta a los siglos XI y XII y que destaca por su campanario de estilo lombardo. 

Y la iglesia de Sant Antoni de l’Aldosa, en Canillo, que, a diferencia de las otras, fue construida en el siglo XIX, siguiendo modelos tradicionales de inspiración románica. 

Los días eran brillantes. El pronóstico del tiempo nos acompañaba y todo invitaba a disfrutar de aquella naturaleza que teníamos delante. 

Uno de nuestros paseos nos llevó hasta el lago de Engolasters. Lo bordeamos caminando por los senderos habilitados y disfrutamos de un paisaje de agua, bosque y montaña. 

En el recorrido encontramos pequeñas cascadas y miradores naturales desde donde disfrutar de magníficas panorámicas sobre los valles. 

Nos llamó la atención un cartel que hacía referencia a la Diada de la Mare de Déu de l’Ecologia, que se celebra el primer sábado de junio cerca del lago de Engolasters. Una celebración que une tradición, espiritualidad y naturaleza: comienza con una oración a la Virgen, continúa con el canto de los tradicionales goigs y una ofrenda floral, para terminar compartiendo un momento de encuentro entre vecinos y visitantes. 

Hubo otra experiencia relacionada con los caballos que convirtió aquel contacto con la naturaleza en algo todavía más especial. 

Disfrutamos de un paseo a caballo por los bosques, guiados por una joven francesa que conocía perfectamente aquellos caminos y que nos fue descubriendo, con tranquilidad, la belleza de aquel entorno. 

Durante el recorrido pudimos apreciar no solo el paisaje, sino también las extraordinarias cualidades de los caballos de raza Mérens, rústicos y nobles, una raza pirenaica de origen francés, muy vinculada históricamente al entorno de Andorra. 

Otro día nuestro destino fue Ordino. La carretera comenzó a ganar altura y el paisaje se hizo todavía más espectacular. Allí subimos en el telesilla Creussans. El trayecto nos llevó hacia la zona alta de la montaña, donde las vistas sobre el entorno de Tristaina eran espectaculares. 

¡Todo me resultaba tan familiar! Aquellas vistas me llevaban a varias provincias argentinas de la cordillera de los Andes, que pude visitar durante mi juventud. 

Y, durante el regreso, apareció ante nosotros una pequeña tropilla de caballos junto a la ruta. No pudimos evitarlo: paramos el coche y bajamos para hablar con su dueño, un baqueano que nos dio mucha información sobre la vida de los lugareños. 

Andorra nos regaló diez días de montañas, pueblos, iglesias, caminos, lagos y paisajes. Pero, por encima de todo, nos regaló tiempo juntos, ese tiempo que permite construir recuerdos que permanecen cuando el viaje termina. 

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