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EL ÁRBOL – Canción #2

Madurar y sentir la vida hasta el final

Hay una cierta edad en la que entendemos que casi nada importante llega de inmediato. La experiencia enseña que la verdadera comprensión necesita tiempo. 

Tiempo para equivocarse, para amar, para perder. Y tiempo para volver a empezar. 

Vivimos en una época donde la velocidad se convirtió en una forma de existencia. La información aparece antes de que podamos pensarla. Las emociones se exhiben antes de ser comprendidas.

Y todo nos empuja a la reacción instantánea: opinar rápido, responder rápido, olvidar rápido. 

Pero el alma humana no tiene la velocidad de un whatsapp. El alma necesita demorarse. 

Con los años empezamos a procesar las cosas con otros tiempos. Dejamos de fascinarnos con lo urgente y comenzamos a valorar lo que permanece: una conversación larga, el silencio después de una despedida, los recuerdos. 

Los años no sólo arrugan la piel: afinan la mirada.

Y aunque muchas veces el pasado nos pese o nos duela, también nos ha traído hasta aquí. Somos la suma de todos los caminos transitados, incluso de aquellos que creíamos equivocados. 

Pienso en cómo las grandes ciudades, los barrios convertidos en zonas turísticas, nos alejaron de la naturaleza y, con ella, de ciertas verdades esenciales.  

Pasamos días enteros mirando pantallas y muy poco tiempo mirando el cielo. Sin embargo, los pájaros siguen ahí. 

Las aves no conocen la ansiedad. No viven pendientes del futuro ni contabilizan la productividad de sus días. Cantan porque sí. Migran cuando lo sienten. Descansan cuando cae la tarde.  

Los pájaros no necesitan demostrar nada. No compiten por ser escuchados. Su canto nace de la propia existencia, de la libertad plena que hoy el ser humano añora profundamente.

En esta canción, el hombre sueña que su voz también pueda llegar al cielo “como un verso y un canto”. Hay algo profundamente humano en ese deseo de dejar una melodía flotando en el aire aun cuando ya no estemos. 

Con los años aprendemos a observar cómo el tiempo nos transforma.  

Igual que el agua moldea la piedra lentamente, la existencia nos va esculpiendo a través de las pérdidas, las alegrías, las crisis y los vínculos. 

Nada ocurre de golpe en la naturaleza. El agua nunca pelea con la piedra. La acaricia durante siglos y, aun así, logra transformarla

Tal vez la madurez consista en comprender esa fuerza silenciosa. Dejar de exigir resultados inmediatos y confiar más en los procesos invisibles. 

Dice el estribillo: 

“No temo a morir porque luego 
naceré del árbol igual que las hojas.” 

La naturaleza no entiende de finales. Entiende de transformación. 

Las hojas caen para alimentar la tierra. Las semillas desaparecen bajo el suelo antes de florecer nuevamente. Todo cambia de forma. Nada desaparece del todo. 

Quizás el verdadero miedo no sea morir. Quizás el miedo sea atravesar la vida sin haber comprendido para qué estuvimos aquí.

En esta zamba también habita la memoria familiar que sostiene nuestra identidad y raíz. La madre cantando. El padre abrazándola en el baile.  

Ese pequeño universo íntimo contiene algo inmenso: la transmisión invisible del amor, de la cultura y de la pertenencia.

Somos también las canciones que escuchamos de niños. Somos las voces que nos criaron. Somos los gestos que vimos repetirse una y otra vez dentro de casa. 

Y quizá sea por eso que nunca dejamos de buscar un lugar donde volver a sentirnos hogar. 

Porque aun en medio del vértigo moderno, seguimos necesitando escuchar qué canción nos toca el alma. No la canción del algoritmo. La verdadera.

Y de la única forma que volvemos es siendo parte de la tierra, de los otros, del mismo árbol al que pertenecemos.

 

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