Sin Mamá

la vida para cantar Sin Mama

Sin Mamá

Un antes y un después…

Si en algo no queremos pensar ni siquiera imaginar es en la muerte.

Tal vez podamos hablar de la propia con cierto sarcasmo pero no si se trata de nuestros padres.

Quien vive en otro país debe asumir que un evento de esta magnitud puede pillarle sin dinero para viajar, sin formas de acomodar sus cosas y sin valor ni fuerzas para salir volando.

Pues yo reuní todos esos requisitos. No viajé.

Cada uno lo procesa a su manera pero todos hacemos balance, sacamos a la luz aquello bien escondido bajo la alfombra, atamos cabos y tomamos alguna decisión.

Si puedo hablar de esto o escribir sin que se me escurra una lágrima es porque, después de llorar a mansalva durante meses, de vivir en una desolación total, quebrada, asintiendo al destino por el único motivo de mis hijos, de a poco me fui reconstruyendo casi milagrosamente.

Ya el escenario era otro habiendo emigrado a España. Y aunque mi vida había dado un cambio inmenso faltaba una vuelta de tuerca más.

Una verdad enorme, pesada como un yunque, me exigía un giro de 180º. Y sabía por dónde iban los tiros.

Tuve dos oportunidades para patear el tablero, dos que omití y dejé pasar. Pero la tercera fue implacable.

Así funciona esto: la primera vez, la vida es generosa y te pone la evidencia a cara descubierta para que no quepan dudas. Va por las buenas.

La segunda, te da un sacudón fuerte para que reacciones. Algo sucede que moviliza tus emociones, te hace sentir vértigo, deseo y miedo a la vez. Comienzas a dudar, a proyectar un sueño y a reprimirlo con los archi conocidos “no debo” “no puedo” “no es bueno”.

Pero la tercera no te deja escapatoria. Te cae la ficha y te manda al frente de batalla en pañales.

Pues yo te avisé, dice la vida… te di las excusas perfectas para que hicieras el cambio a tiempo, con el menor impacto y sufrimiento pero quisiste seguir adelante con algo/alguien más allá de lo aceptable.

Con la muerte de mamá se desencadenaron múltiples situaciones que me pusieron a prueba momento a momento.

Me cuestioné casi obsesivamente el “por qué no lo hice en su momento” “el por qué lo hice tan mal” “el por qué no me creí capaz”.

Comprendí en carne propia que la vida es imprevisible. Dejaremos de existir en un santiamén llevándonos el alma pesada o liviana según el caso, con los números en rojo o las deudas saldadas. Deudas que jamás son los demás sino con uno mismo.

Entendí por las buenas y por las malas que no hay tiempo que perder ni lugar para evadirse. Y que tarde o temprano, querramos o no, saldrá a la luz nuestra propia verdad con todas las consecuencias.

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