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La vida para cantar - Tener “TABLAS” no es cosa fácil - Gabriela Castillo

Tener “TABLAS” no es cosa fácil

Una decisión tomada. Un punto aparte.

Como artista que empezó desde abajo, tuve la experiencia de cantar en varios escenarios desde teatros y auditorios hasta bares, terrazas de verano y paseos de las playas.

De todas ellas recuerdo las más felices y satisfactorias y por el contrario, las que merecen olvidarse.

Sin embargo, no puedo negar que cada puso a prueba lo mejor de mi y me aportó un bagaje de conocimiento e información que solo se puede obtener si se viven, no si te las cuentan.

Un de los conciertos más emocionantes ha sido la Casa de Cultura del Ayuntamiento de Xirivella (un pueblo al lado de Valencia).

El aforo estaba completo, yo era una recién llegada sin experiencia en espectáculos unipersonales y jamás me había expuesto a 120 personas.

Arranqué con los clásicos del tango y el folklore argentino a voz y guitarra, sentadita en mi taburete con los nervios a punto de ebullición.

El público, de entre 50 y 70 años, conocía muy bien mi repertorio y no se hicieron esperar los coros, las palmas y los aplausos de pie.

Lo más sorprendente fue que en la sala había varios argentinos y uruguayos y fue fácil identificarlos cuando desde las butacas me gritaban: GRANDE, PIBA!  SOS LA GOYENECHE CON FALDA!

Ahora que lo escribo y rememoro esa noche, puedo oír los aplausos, el fervor y las muestras de cariño.

Con la crisis inmobiliaria en España en 2007/8, el panorama había cambiado.

La demanda de actuaciones había mermado y además se hacían más espaciadas. Conseguir pactar un caché era casi un milagro.

Aprovechando que un colega pianista argentino estaba de paso por Valencia, decidimos probar suerte y cantar en terrazas y paseos de playa de los pueblos veraniegos más turísticos.

Preparamos un repertorio de boleros, bossa y tangos. Algo tranquilo y relajado y que fuese agradable al oído del público.

Sobre el terreno, comprobamos que la policía no nos dejaba trabajar por la vigencia de la Ley de contaminación acústica, argumentando que debían proteger la salud de los ciudadanos.

Algo que jamás quisimos poner en riesgo y aunque quisiéramos sería imposible.

Sin abandonar las esperanzas, conseguimos trabajar en las terrazas de las playas cercanas a Valencia: Pinedo y Port Saplaya.

La gente estaba encantada y muy agradecida de oírnos, sin embargo un episodio cambió el curso de los hechos .

Desde un balcón que daba sobre una terraza, una persona nos tiró un baldazo de agua (cubo de agua) sin alcanzarnos, por suerte. La mojadura no hubiera sido el problema sino el ocasionar un daño a nuestros equipos y generar también un perjuicio a un tercero.

Con mi compañero nos miramos, cerramos el kiosco y dijimos “esto no debemos hacerlo nunca más”. Y fue así, nunca más repetimos la odisea.

Como dije al principio, si de “tablas” se trata creo haber pisado unas cuantas… aunque la vida me tenia destinado un regalo muchos años después para el que ya estaba preparada.