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EL EXTRANJERO de Albert Camus

La vida sin relato, sin propósito ni explicación

Leí El extranjero y fue toda una sorpresa. 

Después de haber transitado varias novelas del siglo XIX, dar un salto tan drástico hacia un texto escrito en primera persona, donde el personaje se presenta con absoluto despojo de artilugios narrativos, explicaciones o justificaciones emocionales, es un cambio notable. Aquí no hay ornamento. Hay hechos. 

El personaje de Meursault es un icono de la ambigüedad: en su rutina laboral, en su encuentro con María, en las conversaciones con su vecino Raimundo y con el anciano Salamano, todo es una sucesión de hechos sin el menor sobresalto, sin un acento, sin un tono más alto que otro. 

Todos ellos funcionan como espejos que revelan una personalidad indiferente, literal, desprovista de emocionalidad.

La muerte de su madre es el primer gran acontecimiento. Y, sin embargo, tampoco ahí ocurre lo que “debería” ocurrir. 

A su alrededor hay manifestaciones de tristeza —el anciano compañero de su madre en la residencia—, silencios incómodos, gestos esperables. Pero a Meursault nada lo sacude.

Solo registra el calor sofocante, el cansancio, las miradas que esperan de él una señal de congoja. Y en ese momento, decide no abrir el cajón para ver el rostro de su madre, algo que los presentes más tarde destacarán como prueba de su frialdad. 

Observa sin juzgar. Sin interpretar. Ni bien ni mal. Solo hechos, sensaciones, casualidades. Como cuando acepta escribir una carta para Raimundo con la intención de amedrentar a su novia. O cuando responde que sí a la propuesta de matrimonio de María simplemente porque ella lo desea. ¿Por qué no hacerlo, si al final no significaba nada?

Meursault vive en el presente inmediato. No reflexiona sobre moralidad ni consecuencias. Si dispara una vez o cuatro, para él es lo mismo: el acto ya ocurrió. 

Durante el juicio, el juez y el capellán intentan arrancarle una chispa de arrepentimiento, una noción de culpa, una apelación a Dios. Pero Meursault afirma no comprender el concepto de pecado ni de redención. Sabe que ha cometido un crimen y que debe pagar por él. Nada más. 

Incluso las conversaciones con su abogado lo aburren. Resulta exasperante: no se inmuta, no se defiende con pasión, no parece conmoverse ni siquiera ante la posibilidad de perder su libertad o su vida.

Desde el velatorio de su madre hasta el veredicto, permanece despojado de sentimentalismo. Para él, la vida es un proceso inevitable que conduce a la muerte. No hay plan divino. No hay propósito trascendente. 

En la celda imagina posibilidades, pero le abruma la idea de vivir veinte años más. Como si el tiempo fuese un peso. Como si prolongar la existencia fuera, en sí misma, una carga. 

Su falta de instinto de supervivencia impacta. Desespera. 

Meursault se sale de la norma y por eso es condenado. Más que por el crimen, por su falta de adhesión a la narrativa social de lo que “debe” sentirse. La justicia no juzga solo el acto: juzga su indiferencia. 

Su actitud es, en muchos sentidos, una crítica al entramado de interpretaciones que sostiene nuestras vidas. Necesitamos sentido, relato, emoción visible. Él no ofrece nada de eso.  

No huye. No implora. No se victimiza. Acepta. Su postura encarna la idea del absurdo: la vida no tiene propósito previo, solo existencia. 

Tal vez el título de náufrago podría ajustarse también a su figura. Pero Camus eligió extranjero: alguien ajeno a las normas invisibles que organizan la sociedad. 

Y aunque hoy resulte impensable estar completamente fuera del sistema, muchas veces nos sentimos extranjeros: fuera del mercado laboral, fuera de ciertas expectativas sociales, fuera de la vida que imaginamos para nosotros mismos. 

Extranjeros en nuestras decisiones, en nuestros logros incompletos, en nuestros fracasos. 

Tal vez la propuesta incómoda de esta novela no sea la indiferencia, sino el despojo. Soltar expectativas que nos pesan. Soltar culpas por lo hecho y lo no hecho. Habitar el presente con menos interpretación y menos carga. 

Vivir con menos dramatización del éxito y del fracaso. Soltar ese manojo de amarguras que nos ancla al pasado o nos frustra frente al futuro.

Quizá no se trate de ser indiferentes como Meursault, pero sí de preguntarnos cuánta de nuestra angustia proviene de las historias que nos contamos sobre lo que debería ser. 

Albert Camus – Biografía

El extranjero – Libro

El extranjero – Audiolibro

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