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BALANCE DE UN AÑO: LO QUE DUELE Y LO QUE SOSTIENE

Una mirada personal y colectiva sobre el cierre de 2025

Se termina un año y, como siempre, toca hacer balance. 

No es algo nuevo, sino más bien un hábito recurrente, analizado cada vez con mayor sapiencia y con menor exacerbación emocional. 

Hacer balance se me da bien. Intento esforzarme por ver el vaso medio lleno, aunque es cierto que a veces prefiero no ahondar demasiado en los detalles para no caer en bucles de autolamentación, reproches hacia algunos personajes y, también, hacia una misma.  

En lo personal, 2025 fue un año para sembrar: la creación de un nuevo disco junto al compositor Cuti Carabajal; el nacimiento de mi podcast La Equilibrista; y una nueva sección en mi web de Lecturas Esenciales que tantas satisfacciones me han dado. 

Logros que no siempre se vislumbran en likes ni en vistas exorbitantes, sino en comentarios y valoraciones de personas de muy alta estima para mí.  

A eso se suma una relación de pareja consolidada y un entorno familiar que evoluciona y prospera a su propio ritmo. 

No puedo ni debo olvidar agradecer a un puñado de alumnos históricos y recientes, de todas las edades y gustos musicales, que me ponen al día de los hits más destacados, así como el enorme bien que me hacen los abuelos y abuelas a quienes acompaño musicalmente en residencias y centros sociosanitarios desde hace nueve años. 

También estuvieron, claro, los avatares de una vida bastante similar a otras: problemas de salud —como mi operación de apendicitis a mitad de año—, la necesidad de ajustar gastos, de hacer frente a circunstancias injustas y la sensación de que nada cambia demasiado para bien.  

Todo ello, dentro de un contexto de contención: mis seres queridos y mis mascotas —mi perra, mi gata y mi gato—, que me sostienen cuando los vientos soplan en contra. 

Investigando un poco sobre este momento crucial del balance, descubrí que, según la neurociencia, nuestra selección mental suele inclinarse de manera bastante desigual. En promedio, entre un 60 y un 70 % de nuestra atención se dirige a las experiencias negativas, mientras que solo entre un 30 y un 40 % se reserva para las positivas. Esto ocurre incluso cuando, objetivamente, hubo más hechos neutros o favorables.

No se trata de pesimismo, sino del llamado sesgo de negatividad: la tendencia del ser humano a registrar con mayor rapidez lo negativo, recordarlo con más detalle, otorgarle más peso emocional y utilizarlo como criterio principal al evaluar una etapa. 

Un solo evento adverso puede tener el mismo impacto emocional que entre tres y cinco positivos. Por eso, cinco logros no siempre compensan una pérdida, diez días tranquilos se diluyen frente a uno difícil y un comentario crítico puede eclipsar varios elogios. 

¿La razón? Nuestro cerebro se formó para sobrevivir, no para ser feliz.  

Lo negativo implica una posible amenaza y exige atención inmediata; lo positivo, en cambio, señala seguridad y no requiere alerta. Recordar peligros aumentaba las probabilidades de seguir vivos. Hoy el peligro ya no es un depredador, pero el cerebro aún no se ha actualizado del todo. 

Al hacer un balance anual, la mente suele recordar primero lo que dolió, lo que no salió, lo que faltó o lo que se perdió, mientras minimiza aquello que sí se sostuvo, lo que se logró con esfuerzo, lo cotidiano que funcionó y los vínculos que acompañaron. 

Por eso tantas personas afirman: “Fue un año duro”, aunque, al desglosarlo, no todo haya sido así. 

Dicho esto, y con todo el aval de la ciencia, salgo de mi propia burbuja, me asomo al mundo y observo la continuidad de las guerras entre Ucrania y Rusia, en Medio Oriente entre Israel y Gaza, o entre India y Pakistán, por mencionar algunos de los conflictos más relevantes.  

Veo también devastadoras inundaciones e incendios que generaron pérdidas humanas y económicas masivas; atentados con múltiples víctimas y tensiones crecientes en los tratados internacionales.  

Pero al mirar el otro lado de las cosas, aparecen también noticias luminosas: avances en tratamientos contra el cáncer gracias a técnicas de inmunoterapia asistidas por inteligencia artificial, el hecho histórico de que la energía renovable haya superado por primera vez al carbón en producción mundial, con un crecimiento notable de la energía solar y eólica y proyecciones; acuerdos ambientales, como los tratados oceanográficos, que permitieron reducir los niveles de plásticos en los océanos gracias a la cooperación internacional y a tecnologías innovadoras.

También algunas especies en peligro han mostrado signos claros de recuperación poblacional. Y, en el campo científico, los descubrimientos de posibles biosignaturas, exoplanetas y objetos interestelares siguen ampliando nuestra comprensión del universo y de la vida misma. 

En ese escenario global, el broche de oro fue la concesión del Premio Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado, por su valentía civil y su lucha persistente por la democracia y los derechos humanos en Venezuela

Este 2025 fue un año desafiante: las noticias difíciles ocuparon gran parte de la agenda global, pero también existieron avances que confirman la capacidad humana de innovar, resistir y no rendirse. 

El mundo terminó el año con más titulares oscuros que luminosos, y nuestra mente suele replicar ese mismo gesto: recordar más lo que dolió. No por falta de gratitud, sino porque así aprendimos a sobrevivir. 

Quizás el verdadero desafío del balance no sea sumar hechos, sino revisar el peso que les damos. Porque, aunque el dolor grite, aquello que nos sostuvo —la constancia, los vínculos, la esperanza— suele permanecer en voz baja, alentando la vida.

 

 

 

 

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